Un himno y un camino contra la guerra por medio de la música.
A las nueve de la mañana del lunes dieciocho de agosto de 1969, sobre la granja embarrada de Max Yasgur en Bethel, James Marshall Hendrix subió al escenario frente a una multitud reducida a apenas treinta mil exhaustos supervivientes. El festival había consumido cuatro días de lluvias torrenciales, colapso logístico y caos organizativo. Con su Fender Stratocaster Olympic White de 1968 invertida para zurdos conectada a cuatro amplificadores Marshall de cien vatios al máximo volumen, el músico de veintiséis años inició los acordes reconocibles del himno nacional estadounidense. La melodía patriótica tradicional se desintegró de inmediato en una tormenta de acople eléctrico, distorsión extrema y frecuencias descontroladas manipuladas con la palanca de trémolo. Hendrix, veterano licenciado de la centésima primera División Aerotransportada del ejército en Fort Campbell, trasladó la violencia sonora del combate directamente al circuito electroacústico de su instrumento. Los chillidos de alta frecuencia recrearon con exactitud el zumbido de los cazas Phantom surcando el cielo de Indochina. Las bombas de napalm y los impactos de artillería cobraron forma física mediante el bombeo violento del pedal Univibe y caídas tonales ensordecedoras que sacudieron la estructura del escenario de madera. Sin pronunciar una sola palabra ante el micrófono, Hendrix ejecutó una autopsia acústica de la política exterior estadounidense en el punto más sangriento del conflicto de Vietnam. Entre las notas quebradas del himno tradicional intercaló los compases fúnebres de Taps, el toque militar de corneta reservado para honrar a los soldados caídos en combate. Aquella interpretación de cuatro minutos no constituía un mero alarde de virtuosismo psicodélico, sino un pliego de descargo visceral contra la masacre transmitida cada noche por la televisión nacional. La banda Gypsy Sun and Rainbows cesó toda base rítmica para dejar paso exclusivo al desgarro solitario de la guitarra eléctrica en un valle repleto de basura y lodo. Tres cámaras cinematográficas de dieciséis milímetros dirigidas por Michael Wadleigh registraron el instante exacto en que la promesa contracultural colapsó bajo el peso de la realidad bélica internacional. Aquella Fender Stratocaster descansa hoy asegurada en el Museo MoPOP de Seattle.