
¿Cómo pasó la música de repetir un patrón de notas a romper todas las reglas del teatro?
En mayo de 1608, en Mantua, Claudio Monteverdi estrenó el Lamento de Arianna, con esto puso la música al servicio del texto teatral por medio de disonancias con carácter emotivo sobre el bajo continuo. Cuarenta años antes, en 1553, el músico Diego Ortiz ya había explicado en Roma la base de este formato, usando patrones de bajo como la Romanesca para crear variaciones con instrumentos. Al mismo tiempo, los teatros de Venecia convirtieron estos ensayos en un recurso habitual, incluyendo hasta ochenta arias completas en cada obra. Hacia 1700, Alessandro Scarlatti fijó en Nápoles el modelo dominante del aria da capo, con una estructura de tres partes, dos estrofas distintas y la vuelta obligatoria al inicio. Al repetir esa parte, la costumbre de la época pedía al cantante añadir adornos difíciles sobre la marcha, frenando la historia para lucir su voz.
Esta fórmula cambió a mediados del siglo XVIII, cambiando los adornos excesivos por una forma de cantar más natural y fiel al poema. Más tarde, Wolfgang Amadeus Mozart y Joseph Haydn renovaron el estilo con cavatinas de dos secciones y arias en rondó con más ritmo. El éxito de la gran ópera en el siglo XIX y la llegada de la melodía continua de Richard Wagner acabaron por borrar del todo las formas tradicionales del canto solista. El peso de la orquesta moderna dejó atrás los viejos esquemas de bajo repetitivo de 1553.